Mi papá sólo me ha pegado
una vez en su vida y esta la historia, aunque yo no recuerdo que haya sucedido
pero la conozco porque mi papá a veces la cuenta. Incluso he llegado a pensar
que en realidad nunca sucedió, que nunca me pegó, pero quizá él cuenta esto
como chiste en reuniones familiares, o entre amigos, sólo para que los demás no
piensen que es un hombre demasiado bueno con sus hijos y que nunca los ha
metido en cintura; o quizá sí sucedió, es sólo que me resulta muy difícil
imaginar a mi papá levantándome la mano. Sí, es corajudo, intenso a veces, pero
como saben los que lo conocen, es capaz de golpear las paredes antes que
golpear a sus hijos. Y lo ha hecho. Pues bien, era 1982 y yo tenía algo así
como cinco años de edad; vivíamos en una casa de renta de dos plantas y yo la
recuerdo enorme. Mi papá estaba trabajando en casa, como muchas veces lo hacen
los profesores, lo sé ahora, y sé también que a veces es difícil concentrarse
ahí con las distracciones de la familia, pero yo no era un chico ruidoso ni
travieso, así que no lo estaba molestando, estaba en la sala jugando con mi
aeropuerto de Playskool y, si a caso, hacia el ruido de los motores de los
aviones al despegar. Dice mi papá que él no estaba molesto por el ruido, que
quizá fue el estrés del trabajo o de algún problema con mi mamá, ¡Vayan ustedes
a saber qué fue!, pero estaba tenso y, para aliviarse un poco, decidió fumarse
un cigarro. Hoy mi papá ya no fuma, lo dejó a los 40, de la noche a la mañana,
sin titubear ni recaer. No supo cómo ni por qué lo dejó, simplemente un día se
dijo “Ya no fumaré”, y no volvió a pensar en eso. Pues bueno, aquel día, para
no distraerse mucho de sus labores, me pidió que subiera a su habitación en la
planta alta y le trajera la cajetilla de cigarros que estaba en el buró junto a
la cama. Dice que antes de subir, hice un gesto que lo hizo enojar mucho. Sí me
imagino con una mirada enfadada subiendo a traerle sus cigarros. Después bajé,
le entregué los cigarros y, todavía con la cara enfadada, me regresé a mi
aeropuerto. Luego, a penas me senté, y mi papá volvió a interrumpir mi sagrado
juego con otra orden: “También tráeme las chanclas que están ahí en la sala”.
Cuenta la leyenda que con voz chillona y palabras muy largas, le grité desde
allá: “¡Ah no, tú ven por ellas!”. Acto seguido, mi papá (que justo ahora creo
que sí lo veo enfurecido y dejándose llevar) se puso de pié y, veloz como rayo
llegó conmigo a la sala, recogió las chanclas y se abalanzó sobre mí para
soltar el más infame de los chanclazos que al llegar a mis sentaderas, se
transformó en energía cinética, con una presión de aproximadamente 120
kilopondios por centímetro cuadrado, y produciendo, además, un estruendo
aparatoso que sólo pudo ser superado por el alarido desgarrado que a
continuación yo mismo produje mientras le gritaba: “¡¿Por qué me pegas pinchi
gorilón?!”… No sé a ustedes pero a mí me cuesta creerlo. ¿Cómo podría un niño
de cinco años, y más aún, un niño como el que era yo, una calabacita tierna,
una mielecita de persona, cómo podría haberle respondido de esa manera? Y sobre
todo, ¿de dónde podría haber sacado esas palabras? La verdad sólo la sabe mi
padre quién, según cuenta, después de oírme pronunciar tan poco sublime
enunciado, nada apropiado para mi edad, no pudo contener la carcajada y,
habiendo perdido ya por completo el ímpetu agresivo, regresó a su escritorio a
seguir trabajando. Dice que ese día se dio cuenta de que yo jamás iba a hacer
lo que él o nadie quisiera, y pensó que más le valía no volver a levantarme la
mano porque, quizá, en el momento que mi estatura me lo permitiera, yo iba a
regresarle todos los golpes. Lo curioso es que yo, además de no tener recuerdo
alguno de este evento tan particular, tampoco me recuerdo como un niño agresivo
ni mucho menos insumiso. Al contrario, creo que siempre fui demasiado obediente
y, aunque no haga falta una justificación, quizá por eso soy ahora un anarquista
(aunque de cajón), porque me da coraje conmigo mismo no haber sido más intenso,
más rebelde. Lamento no haber sido más liberal cuando era más joven. Pero quizá
también podría ser por eso que mi padre, que me conoce bien y conoce mis
fantasmas, cuenta esta historia: para que yo la escuche y me sienta orgulloso
de haber sido un desde pequeño un auténtico insurgente.

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