jueves, 13 de junio de 2013

Por las malas


En muchas ocasiones he escuchado a personas gay, sobre todo jóvenes, hacer comentarios negativos acerca de la marcha del orgullo gay diciendo que no asisten y no marchan porque les parece que ese tipo de manifestaciones no los representa, dicen que no es otra cosa que un carnaval ridículo y no sienten que sea la manera correcta de exigir respeto a la sociedad. Creo que esas personas, tal vez por ser jóvenes, no saben cómo era la situación en otro tiempo o no son capaces de imaginarla con claridad, y por eso les cuesta trabajo comprender la importancia de la marcha. A esos jóvenes hoy les parece de lo más normal salir una tarde a un café gay, o una noche al bar gay, con sus amigos gay, vestir como les place y decir lo que les place, y creen que esa libertad es consecuencia de que ellos tienen carácter, tienen fuerza y convicciones, pero eso es un error. Habría que plantearles otro panorama. Por principio de cuentas, en otro tiempo, y no hace mucho, no habría sido tan fácil que encontraras un bar gay porque el giro no era bien visto por la sociedad y había muy pocos; y esos pocos que había tenían un carácter casi clandestino, no había seguridad de ningún tipo; de modo que si algo te pasaba ahí, no habría manera de defenderse ni mucho menos establecer una demanda que procediera, ninguna autoridad atendería una queja y nadie te respaldaría. Por la misma razón no habría muchos amigos que quisieran ir al bar contigo, así que tampoco tendrías el respaldo de esas amistades, no de la misma manera que lo puedes tener ahora. Encima de eso, en otro tiempo no había medios electrónicos que permitieran una comunicación rápida, efectiva y privada. Es decir, ¿te ha pasado que no tienes acceso a Internet? ¿Se complican las cosas? Bueno, imagina un mundo donde no existe el Internet ni los celulares. ¿Cómo sabrías quién es amigo de quién y qué lugares frecuentan? ¿Cómo te pondrías de acuerdo para salir? ¿Cómo conocerías a la gente y cómo sabrías en quién puedes confiar? ¿De qué manera hablarías de tus problemas con tus amigos, si los tuvieras, y qué clase de consejos te darían si ellos mismos estarían en situaciones similares o peores? Para colmo, en ese tiempo, en caso de que tuvieras el suficiente valor de ir a una fiesta o un bar, y tuvieras suficiente carácter para no importarte ir solo, sin amigos, ¿de qué te serviría ese valor y ese carácter cuando llegara un grupo de matones que después de golpearlos a todos, los subieran a un camión para llevárselos a un campo alejado de la ciudad y asesinarlos? Nadie haría nada para defenderlos, ni antes ni después. Ni las autoridades por omisión, ni la sociedad por miedo, ni las familias por vergüenza. Así pues, estos jóvenes que ahora dicen que la marcha no los representa y que esa no es la manera adecuada de exigir respeto, habría que explicarles que la intención de la marcha no es precisamente la de representar a alguien y pedir respeto. La intención fundamental es la de gritar, a veces de una forma arrogante y orgullosa, ridícula y escandalosa, que estamos aquí, que existimos, les guste o no, que no tenemos miedo y que no nos van a aplastar e ignorar como lo hicieron en el pasado. Porque las sociedades no cambian simplemente porque hayan reflexionado y descubierto que es mejor ser educado y respetar, las sociedades cambian porque una o más personas, las verdaderamente valientes y fuertes, fueron inteligentes y exigieron un cambio, por las buenas o por las malas; y por lo general, lamentablemente, sólo lo han obtenido por las malas. Además, para aquellos que sienten que los tiempos ya cambiaron definitivamente y que ya no es necesario hacer todo ese escándalo, debemos recordar que hay lugares dónde a pesar de la tecnología moderna y de los avances en el tema de derechos humanos y respeto, las sociedades y gobierno se las ingenian para reprimir e incluso revertir los logros que haya habido en materia de igualdad y libertad. Aquí mismo en México, esas manifestaciones son toleradas en algunas ciudades pero totalmente reprimidas en otras. Y a mi consideración, incluso en las grandes ciudades, con lo retrógrada que es esta sociedad, no me parece que estemos seguros ni exentos de un retroceso que podría ocurrir en el mismo momento que demos un paso atrás. Por eso hay que asistir siempre que sea posible y dar pasos seguros hacia adelante, vestir de la manera que sea y hacer lo que sea que les place, o no hacer lo que no les place, porque de eso se trata la marcha, de expresarse con libertad y de celebrar ese derecho.

Es mi vida


Algunas personas suponen que la sexualidad es, además de una preferencia, una decisión consciente del individuo, y como tal, descalifican a los homosexuales, por ejemplo, por "decidir" serlo y no haber preferido ser heterosexuales. En contraparte, muchos homosexuales declaran que su sexualidad no fue una decisión consciente, así como tampoco lo fue para los heterosexuales, y por ende, explican que tanto la homosexualidad como la heterosexualidad son igualmente válidas, porque ninguna de las dos fue una decisión tal cual. Suponer, como lo hacen algunos heterosexuales, que la homosexualidad es una postura consiente que podría ser distinta a voluntad del individuo, es dejar entre ver que tal vez ese heterosexual ha experimentado sentimientos homosexuales y los ha reprimido. Y así, poniéndose en el plano de que la sexualidad puede ser reprimida y cambiada, nace la pregunta: ¿Por qué reprimirla y cambiarla? Que expliquen esos heterosexuales cómo y de qué manera su vida, gracias a su heterosexualidad decidida, es más fácil y mejor. Y en cualquier caso, ya en mi opinión y postura personal, me pregunto: ¿Y si la homosexualidad sí fuera una decisión consciente, qué tiene de malo? Mucha gente decide no estudiar ni cultivarse y prefieren cerrar sus mentes y ser ignorantes y sólo rezar y nadie les quita sus derechos por haber tomado esa decisión.

viernes, 7 de junio de 2013

Perdido en la traducción


Si alguna vez usted se ha sentido incómodo, o hasta agraviado, por el título que reciben las películas extranjeras al ser distribuidas en México, le pido amistosamente, compañero, que no se sienta usted ofendido. Por principio de cuentas, esa incomodidad que siente indica que usted pertenece al muy reducido porcentaje de personas en este país que han tenido acceso a una educación básica que les permite conocer el título original de una película extranjera y, encima de eso, pertenece usted al todavía más exclusivo grupo de personas con refinado buen gusto  y suficiente intuición que deriva en la comprensión del significado e intención de dicho título. De tal suerte que usted, así nomás con esos datos, ya tendría una buena razón para sentirse parte de una elite, al menos imaginaria. Ahora bien, para estar realmente más allá del bien y del mal en cuanto a los lamentables desatinos en esos casos de cambio de título, es necesario comprender la causa y origen de los mismos. Recuerde usted primero que, en cualquier ámbito, cuando se presenta una situación aparentemente ilógica y sin una buena razón de ser, la explicación es siempre la misma: dinero. El cine, ya sea el comercial o el más austero y artístico que producen los norteamericanos, o incluso el verdaderamente artístico que producen otros países, cuesta dinero y bastante; y los que se encargan de producirlo y posteriormente distribuirlo, tienen que encargarse también de que ese dinero invertido se recupere y se multiplique. Para esto echan manó de cualquier recurso a su alcance y, dado que una vez producida la película ya no pertenece al director sino a las compañías productoras (siempre que no sea el caso de los directores que al mismo tiempo son empresarios y se producen a sí mismos), no pudiendo cambiar el contenido de la película para hacerla más comercial, deciden al menos cambiar el título. Ahora bien, algunos detalles deben ser aclarados: ¿Qué es lo más comercial? Pues lo que se mas vendé. ¿Y qué es lo que más se vendé? Lo que quiere la mayor parte de la gente. ¿Pero cómo podemos saber qué quiere la mayor parte de la gente? Conociéndolos para saber cómo son. ¿Y cómo son? Estúpidos. Una película inteligente sólo le gustará a la gente inteligente y eso no es negocio. Una película estúpida, en cambio, se vende como pan caliente, de manera rápida y furiosa, y eso es lo que necesitan las compañías productoras. Y si bien ya produjeron una película inteligente, y el director le puso un título inteligente, al menos pueden cambiarle el título cuando llegue a algún país como México. Y bueno, nace aquí la siguiente pregunta: ¿Por qué le ponen un título tan estúpido en México? La respuesta es preocupante y creo que además usted ya la conoce. Por mi parte, con la sincera intención de ser lo menos ofensivo posible, trataré de poner a su consideración un breve contexto. La cultura, la educación, así como también las formas del arte, desde luego, pueden ser muy distintas de un país a otro, a veces incluso diametralmente distintas a pesar de tratarse de países vecinos como Estados Unidos y México que son las dos caras opuestas de esa moneda que llaman economía mundial, y ya es bastante popular la opinión de que no es válido comparar culturas tratando de identificar cuál es mejor o peor, y yo estoy de acuerdo; pero lo cierto es que la cultura y el arte de los países latinoamericanos están plagados de líneas errantes y desfiguradas, de repeticiones y reiteraciones, de redundancias e incoherencias, y todas estas características que los críticos con alma de poetas consideran horriblemente hermosas, en el entendido general del arte culto son vistas como equivocaciones, salidas falsas, indicios de poca inteligencia. Y sí, así son los latinos. No por nada, mientras en el resto del mundo civilizado el barroco casi había muerto por completo, en Latinoamérica los españoles (otros afectados por esta penosa tendencia de cambiar los títulos originales por ridículas expresiones regionales) promovían con efectividad el barroco Novo hispano que florecía por esos lares cual Máximo Oliveros en las Filipinas. Porque así eran y así siguen siendo los latinos, y si quieren atraerlos deben hacerlo con esos títulos y esos carteles diseñados especialmente para Latinoamérica, saturados de elementos, repetitivos, texturizados, casi barrocos pues. Porque, en contraste con lo que dicen y quieren hacernos creer los entusiastas del realismo mágico y otras costumbres místicas de este pueblo, los latinos necesitan tenerlo todo claro; y así también el título de una película debe decirles de qué se trata o por lo menos indicarles el género. Porque mientras que para los norteamericanos una película podría titularse simplemente "Tres", y lo mismo ser una comedia que un drama o un suspenso, para los mexicanos, si se tratara de una comedia deberá titularse algo como "Tres tontos sin igual", o en caso de ser un drama tendría un título como "Tres destinos del corazón", o si se fuera una película de suspenso debería sonar a algo como "Tres: el número de la muerte", y entonces sí, el mexicano se sentirá cómodo con el título y pagará el boleto para ver la película; y lo que es más inquietante, saldrá del cine complacido de que la película era exactamente lo que esperaba. Como conclusión, y para no faltar a mi propio origen latino y mexicano, reiterativo e innecesariamente esclarecedor: las películas necesitan venderse y para eso necesitan tener títulos que atraigan a la gente común, popular, con cualquier característica que sea necesaria para que se venda y muy a pesar de la falta de inteligencia y dignidad que, al fin y al cabo, sólo detectarán la gente como usted, la escasa gente educada cuyas necesidades y pretensiones culturales no tienen la menor relevancia para los empresarios de este país. Siéntase usted, pues, ofendido pero orgulloso.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Mis sueños


Tus ojos, tus ojos, tus ojos, tus labios.
Tu piel, tus ojos, tus ojos, tus brazos.
Tu risa, tu aroma, tu espalda, tus manos.
Tus ojos, tus ojos, mi niño, te extraño.

Inspector tapatío despoja de mercancía a niño indígena




No voy a decir nada en contra de este inspector porque probablemente él sólo cumplía con su trabajo, el espantoso trabajo que el gobierno le ha encomendado, el de ejecutar las injusticias que ellos creen necesarias. Lo que sí voy a decir es que este tipo de atropello sucede todo el tiempo, pero lamentablemente no siempre hay una cámara oportuna y un ciudadano valiente que lo fotografíe. Todos los días, en muchas calles del centro de la ciudad, hay indígenas y todo tipo de comerciantes ambulantes que sufren de abusos; abusos legales, claro. Porque las autoridades creen que si no vemos la pobreza, pues la pobreza no existe. Y así es como ayudan, haciendo correr a los señores que venden borrachitos y a las señoras que venden papas, lo cual es una tragedia detestable que sólo una mente retorcida y vulgar puede encontrar graciosa, porque esas señoras que venden papas es lo único que saben hacer. Los gobernantes (y también muchas personas que viven en una burbuja) pretenden que la ciudad se vea limpia, ordenada, de primer mundo; pero ahí les va señores: México no es así, México está feo y jodido, no pretendan que las calles del centro histórico resplandezcan como las de Praga o París porque aquí en México la realidad es otra. Y si el gobierno no quiere que haya vendedores ambulantes, tienen que atender el problema desde otro lado; si es que algún día son capaces de separar, por principio de cuentas, a los que venden por necesidad de los que venden por joder, a los que venden por ayudarse de los que venden por explotación. Y si no quieren ver niños indígenas vendiendo en las calles, es obvio que necesitan atender la situación económica de las familias indígenas. Bueno, es obvio para uno que no duerme saboreando en sueños los miles de pesos que les van a pagar cada mes y los millones extra que se pueden ganar si se ponen abusados y sólo limpian por encimita sin hacer enfadar a nadie con poder.

sábado, 18 de mayo de 2013

Después de la tempestad






Esa misma tarde decidí terminar con mi pasado, aunque claro, en ese tiempo era muy joven y no sabía que eso no era posible. Pero mi decisión era firme, porque su mano se aferraba a la mía con tal fuerza que me hacía sentir seguro de que nada que hubiera en el pasado podría hacerme daño otra vez, que podía olvidar todo. Y como para mi olvidar era muy difícil, decidí acabar con todo lo que me hacía recordar: cartas, fotos, regalos, todo hecho pedazos cupo dentro de una caja que fue a dar al fondo de la barranca de Huentitán. Él era tan fuerte y seguro que nunca me habría pedido que hiciera semejante estupidez, y no lo hizo, la decisión fue mía y nada más, pero también era un hombre muy sabio (de esos que siempre supieron todo sin haberlo estudiado ni meditado) y sabía que yo tenía que hacer lo que sentía, tenía que cometer errores, y él sólo podría atestiguar sin poder evitarlo. Así de fuerte y seguro era, y así de imbécil era yo; pero a su lado me sentía igual de fuerte y seguro que él. Lamentablemente un día tuvo que irse, pero sus recuerdos siguen aquí, esos nunca se irán. Aquí se quedan, porque esos no me causan ni me causaron nunca ningún daño.

domingo, 12 de mayo de 2013

Juventud definida



Ser joven consiste en creer, ya sea abiertamente o en secreto, que uno jamás envejecerá. Siendo joven uno piensa que la gente llegó a vieja por su propia voluntad. De verdad creemos que esas personas sin brillo, simplemente un día decidieron dejar de ser tan inquietos y mejor envejecer. Y desde luego, cuando somos jóvenes pensamos que nosotros nunca haremos tal cosa, porque nosotros sí tenemos sueños importantes y no dejaremos nunca de luchar. Las canas y las arrugas nos tendrán miedo y nunca dejaremos de bailar, porque nosotros sí sabemos lo que es la buena música y la moda, y nuestra moda nunca pasará, nunca será vieja y aburrida. Pero claro, un día la verdad nos alcanza y nos tumba al suelo. Y ese día, algunos, los más cobardes, los que temen presenciar su propio desgaste y no quieren enfrentar el dolor y el olvido, deciden que es mejor morir joven; pues ese sigue siendo hasta hoy el único método conocido para alcanzar la eterna juventud.