viernes, 7 de junio de 2013

Perdido en la traducción


Si alguna vez usted se ha sentido incómodo, o hasta agraviado, por el título que reciben las películas extranjeras al ser distribuidas en México, le pido amistosamente, compañero, que no se sienta usted ofendido. Por principio de cuentas, esa incomodidad que siente indica que usted pertenece al muy reducido porcentaje de personas en este país que han tenido acceso a una educación básica que les permite conocer el título original de una película extranjera y, encima de eso, pertenece usted al todavía más exclusivo grupo de personas con refinado buen gusto  y suficiente intuición que deriva en la comprensión del significado e intención de dicho título. De tal suerte que usted, así nomás con esos datos, ya tendría una buena razón para sentirse parte de una elite, al menos imaginaria. Ahora bien, para estar realmente más allá del bien y del mal en cuanto a los lamentables desatinos en esos casos de cambio de título, es necesario comprender la causa y origen de los mismos. Recuerde usted primero que, en cualquier ámbito, cuando se presenta una situación aparentemente ilógica y sin una buena razón de ser, la explicación es siempre la misma: dinero. El cine, ya sea el comercial o el más austero y artístico que producen los norteamericanos, o incluso el verdaderamente artístico que producen otros países, cuesta dinero y bastante; y los que se encargan de producirlo y posteriormente distribuirlo, tienen que encargarse también de que ese dinero invertido se recupere y se multiplique. Para esto echan manó de cualquier recurso a su alcance y, dado que una vez producida la película ya no pertenece al director sino a las compañías productoras (siempre que no sea el caso de los directores que al mismo tiempo son empresarios y se producen a sí mismos), no pudiendo cambiar el contenido de la película para hacerla más comercial, deciden al menos cambiar el título. Ahora bien, algunos detalles deben ser aclarados: ¿Qué es lo más comercial? Pues lo que se mas vendé. ¿Y qué es lo que más se vendé? Lo que quiere la mayor parte de la gente. ¿Pero cómo podemos saber qué quiere la mayor parte de la gente? Conociéndolos para saber cómo son. ¿Y cómo son? Estúpidos. Una película inteligente sólo le gustará a la gente inteligente y eso no es negocio. Una película estúpida, en cambio, se vende como pan caliente, de manera rápida y furiosa, y eso es lo que necesitan las compañías productoras. Y si bien ya produjeron una película inteligente, y el director le puso un título inteligente, al menos pueden cambiarle el título cuando llegue a algún país como México. Y bueno, nace aquí la siguiente pregunta: ¿Por qué le ponen un título tan estúpido en México? La respuesta es preocupante y creo que además usted ya la conoce. Por mi parte, con la sincera intención de ser lo menos ofensivo posible, trataré de poner a su consideración un breve contexto. La cultura, la educación, así como también las formas del arte, desde luego, pueden ser muy distintas de un país a otro, a veces incluso diametralmente distintas a pesar de tratarse de países vecinos como Estados Unidos y México que son las dos caras opuestas de esa moneda que llaman economía mundial, y ya es bastante popular la opinión de que no es válido comparar culturas tratando de identificar cuál es mejor o peor, y yo estoy de acuerdo; pero lo cierto es que la cultura y el arte de los países latinoamericanos están plagados de líneas errantes y desfiguradas, de repeticiones y reiteraciones, de redundancias e incoherencias, y todas estas características que los críticos con alma de poetas consideran horriblemente hermosas, en el entendido general del arte culto son vistas como equivocaciones, salidas falsas, indicios de poca inteligencia. Y sí, así son los latinos. No por nada, mientras en el resto del mundo civilizado el barroco casi había muerto por completo, en Latinoamérica los españoles (otros afectados por esta penosa tendencia de cambiar los títulos originales por ridículas expresiones regionales) promovían con efectividad el barroco Novo hispano que florecía por esos lares cual Máximo Oliveros en las Filipinas. Porque así eran y así siguen siendo los latinos, y si quieren atraerlos deben hacerlo con esos títulos y esos carteles diseñados especialmente para Latinoamérica, saturados de elementos, repetitivos, texturizados, casi barrocos pues. Porque, en contraste con lo que dicen y quieren hacernos creer los entusiastas del realismo mágico y otras costumbres místicas de este pueblo, los latinos necesitan tenerlo todo claro; y así también el título de una película debe decirles de qué se trata o por lo menos indicarles el género. Porque mientras que para los norteamericanos una película podría titularse simplemente "Tres", y lo mismo ser una comedia que un drama o un suspenso, para los mexicanos, si se tratara de una comedia deberá titularse algo como "Tres tontos sin igual", o en caso de ser un drama tendría un título como "Tres destinos del corazón", o si se fuera una película de suspenso debería sonar a algo como "Tres: el número de la muerte", y entonces sí, el mexicano se sentirá cómodo con el título y pagará el boleto para ver la película; y lo que es más inquietante, saldrá del cine complacido de que la película era exactamente lo que esperaba. Como conclusión, y para no faltar a mi propio origen latino y mexicano, reiterativo e innecesariamente esclarecedor: las películas necesitan venderse y para eso necesitan tener títulos que atraigan a la gente común, popular, con cualquier característica que sea necesaria para que se venda y muy a pesar de la falta de inteligencia y dignidad que, al fin y al cabo, sólo detectarán la gente como usted, la escasa gente educada cuyas necesidades y pretensiones culturales no tienen la menor relevancia para los empresarios de este país. Siéntase usted, pues, ofendido pero orgulloso.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Excelente amigo, saludos!

Juan Carlos Balderas dijo...

De acuerdo. El interés económico subordina al arte y a las expresiones de cultura más elaboradas, más afinadas. Como producto de ello tenemos esta sociedad en la que predominan no sólo los títulos absurdos en las películas, sino expresiones "artísticas" que tienen por objetivo vender antes que incidir culturalmente o servir como canal de expresión. En nuestro país, la música (o lo que sea que hacen todos esos grupos con nombres como "Norteños del Norte" o "Sierreños de la Sierra" y todas sus variantes y combinaciones posibles) carece de calidad, ya sea en el aspecto de la ejecución de instrumentos o en el contenido de las letras (o ambas); el resto de las artes están en manos de élites controladas y no tampoco son canales de expresión popular, quizá formas individuales en el mejor de los casos. El caso es que el arte en general no cumple una función social, sino que obedece sobre todo a un afán lucrativo.