Si
alguna vez usted se ha sentido incómodo, o hasta agraviado, por el título que
reciben las películas extranjeras al ser distribuidas en México, le pido amistosamente,
compañero, que no se sienta usted ofendido. Por principio de cuentas, esa
incomodidad que siente indica que usted pertenece al muy reducido porcentaje de
personas en este país que han tenido acceso a una educación básica que les
permite conocer el título original de una película extranjera y, encima de eso,
pertenece usted al todavía más exclusivo grupo de personas con refinado buen
gusto y suficiente intuición que deriva
en la comprensión del significado e intención de dicho título. De tal suerte
que usted, así nomás con esos datos, ya tendría una buena razón para sentirse
parte de una elite, al menos imaginaria. Ahora bien, para estar realmente más
allá del bien y del mal en cuanto a los lamentables desatinos en esos casos de
cambio de título, es necesario comprender la causa y origen de los mismos. Recuerde
usted primero que, en cualquier ámbito, cuando se presenta una situación
aparentemente ilógica y sin una buena razón de ser, la explicación es siempre la
misma: dinero. El cine, ya sea el comercial o el más austero y artístico que
producen los norteamericanos, o incluso el verdaderamente artístico que
producen otros países, cuesta dinero y bastante; y los que se encargan de
producirlo y posteriormente distribuirlo, tienen que encargarse también de que
ese dinero invertido se recupere y se multiplique. Para esto echan manó de
cualquier recurso a su alcance y, dado que una vez producida la película ya no
pertenece al director sino a las compañías productoras (siempre que no sea el
caso de los directores que al mismo tiempo son empresarios y se producen a sí
mismos), no pudiendo cambiar el contenido de la película para hacerla más
comercial, deciden al menos cambiar el título. Ahora bien, algunos detalles
deben ser aclarados: ¿Qué es lo más comercial? Pues lo que se mas vendé. ¿Y qué
es lo que más se vendé? Lo que quiere la mayor parte de la gente. ¿Pero cómo
podemos saber qué quiere la mayor parte de la gente? Conociéndolos para saber
cómo son. ¿Y cómo son? Estúpidos. Una película inteligente sólo le gustará a la
gente inteligente y eso no es negocio. Una película estúpida, en cambio, se
vende como pan caliente, de manera rápida y furiosa, y eso es lo que necesitan
las compañías productoras. Y si bien ya produjeron una película inteligente, y
el director le puso un título inteligente, al menos pueden cambiarle el título
cuando llegue a algún país como México. Y bueno, nace aquí la siguiente
pregunta: ¿Por qué le ponen un título tan estúpido en México? La respuesta es preocupante
y creo que además usted ya la conoce. Por mi parte, con la sincera intención de
ser lo menos ofensivo posible, trataré de poner a su consideración un breve
contexto. La cultura, la educación, así como también las formas del arte, desde
luego, pueden ser muy distintas de un país a otro, a veces incluso
diametralmente distintas a pesar de tratarse de países vecinos como Estados
Unidos y México que son las dos caras opuestas de esa moneda que llaman economía
mundial, y ya es bastante popular la opinión de que no es válido comparar
culturas tratando de identificar cuál es mejor o peor, y yo estoy de acuerdo;
pero lo cierto es que la cultura y el arte de los países latinoamericanos están
plagados de líneas errantes y desfiguradas, de repeticiones y reiteraciones, de
redundancias e incoherencias, y todas estas características que los críticos
con alma de poetas consideran horriblemente hermosas, en el entendido general
del arte culto son vistas como equivocaciones, salidas falsas, indicios de poca
inteligencia. Y sí, así son los latinos. No por nada, mientras en el resto del
mundo civilizado el barroco casi había muerto por completo, en Latinoamérica
los españoles (otros afectados por esta penosa tendencia de cambiar los títulos
originales por ridículas expresiones regionales) promovían con efectividad el
barroco Novo hispano que florecía por esos lares cual Máximo Oliveros en las
Filipinas. Porque así eran y así siguen siendo los latinos, y si quieren atraerlos
deben hacerlo con esos títulos y esos carteles diseñados especialmente para
Latinoamérica, saturados de elementos, repetitivos, texturizados, casi barrocos
pues. Porque, en contraste con lo que dicen y quieren hacernos creer los entusiastas
del realismo mágico y otras costumbres místicas de este pueblo, los latinos
necesitan tenerlo todo claro; y así también el título de una película debe decirles
de qué se trata o por lo menos indicarles el género. Porque mientras que para
los norteamericanos una película podría titularse simplemente "Tres",
y lo mismo ser una comedia que un drama o un suspenso, para los mexicanos, si
se tratara de una comedia deberá titularse algo como "Tres tontos sin
igual", o en caso de ser un drama tendría un título como "Tres
destinos del corazón", o si se fuera una película de suspenso debería sonar
a algo como "Tres: el número de la muerte", y entonces sí, el
mexicano se sentirá cómodo con el título y pagará el boleto para ver la
película; y lo que es más inquietante, saldrá del cine complacido de que la película
era exactamente lo que esperaba. Como conclusión, y para no faltar a mi propio origen
latino y mexicano, reiterativo e innecesariamente esclarecedor: las películas
necesitan venderse y para eso necesitan tener títulos que atraigan a la gente
común, popular, con cualquier característica que sea necesaria para que se venda
y muy a pesar de la falta de inteligencia y dignidad que, al fin y al cabo,
sólo detectarán la gente como usted, la escasa gente educada cuyas necesidades y
pretensiones culturales no tienen la menor relevancia para los empresarios de
este país. Siéntase usted, pues, ofendido pero orgulloso.

2 comentarios:
Excelente amigo, saludos!
De acuerdo. El interés económico subordina al arte y a las expresiones de cultura más elaboradas, más afinadas. Como producto de ello tenemos esta sociedad en la que predominan no sólo los títulos absurdos en las películas, sino expresiones "artísticas" que tienen por objetivo vender antes que incidir culturalmente o servir como canal de expresión. En nuestro país, la música (o lo que sea que hacen todos esos grupos con nombres como "Norteños del Norte" o "Sierreños de la Sierra" y todas sus variantes y combinaciones posibles) carece de calidad, ya sea en el aspecto de la ejecución de instrumentos o en el contenido de las letras (o ambas); el resto de las artes están en manos de élites controladas y no tampoco son canales de expresión popular, quizá formas individuales en el mejor de los casos. El caso es que el arte en general no cumple una función social, sino que obedece sobre todo a un afán lucrativo.
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